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La lucha por el Derecho PDF Imprimir E-Mail
viernes, 18 de abril de 2008

Por Íñigo María de Bustos Pardo Manuel de Villena 

 Bajo el título expresado, el eminente jurista, Rudolf Von Ihering,  escribió, en 1872, una obra maestra que como tal aún conserva todo su valor y de la que a continuación, extractadamente, se refieren algunas de sus reflexiones, que vienen a colación acerca de la obligación moral de hacer valer nuestros derechos.

Ihering viene a plantear cómo un Derecho que no luchase contra la injusticia se negaría a sí mismo y cómo exigir nuestro derecho es un deber ético del propio individuo, entre otras cosas, porque el respeto de ese deber en su conjunto es condición del mantenimiento del derecho de todos.

En efecto, cuando un individuo es lesionado en su derecho, se hace irremisiblemente esta consideración, nacida de la cuestión que en su conciencia se plantea, y que el puede resolver según le parezca: si debe resistir al adversario o si debe ceder. Es decir puede elegir entre abandonar su derecho o hacerle valer. Cualquiera que sea la solución, deber  hacer siempre un sacrificio; o bien ha de sacrificar el derecho a la paz o la paz al derecho.

La conservación de la existencia es la suprema ley de la creación, pero en el hombre la existencia material es solo un aspecto de su vida junto a su existencia moral, que tiene por condición necesaria el derecho; es pues, condición de tal existencia que posea y defienda el derecho. Expresado de otro modo: el derecho es la condición de la existencia moral de la persona, y el mantenerle es defender a la existencia moral misma. De modo que resistir a la injusticia es un deber del individuo para consigo mismo, porque es un precepto de la existencia moral; pero es que también además es un deber para con la sociedad, porque esta resistencia no puede ser coronada con el triunfo, más que cuando es general. Muchos hay  para los que la certidumbre de pagar caro el triunfo, no es bastante para que no entablen una acción en justicia, pero hay tiempos en los que comienza a ser práctica general el abandono de aquella exigencia. Cuando existe un estado de cosas semejante, la suerte de los que tienen el valor de hacer observar la Ley es un verdadero martirio; su sentimiento, firme y enérgico del derecho, labra ciertamente su desgracia. Abandonados de todos aquellos que debieran ser sus naturales aliados, quedan completamente solos en presencia de la arbitrariedad que la apatía y falta de valor de los demás convierten en más audaz y osada, y si se niegan, en fin, a que se compre al precio de grandes sacrificios la satisfacción de permanecer fieles a su modo de obrar y de pensar, no recogen acaso más que las burlas y el ridículo. Si fuera posible suponer que llegase alguna vez a prevalecer, la conducta de los que abandonan su derecho, se destruiría el derecho mismo, porque predica la fuga ante la injusticia, mientras que el derecho no existe sino luchando contra ésta. El dolor físico nos anuncia una perturbación en el organismo, la presencia de una influencia funesta; nos abre los ojos al peligro que nos amenaza y nos obliga a remediarlo a tiempo. Pues lo mismo es el dolor moral que nos causa la injusticia voluntaria; su intensidad varía como la del dolor físico, y depende de la sensibilidad subjetiva, de la forma y del objeto de la lesión, pero se anuncia, no obstante, en todo individuo que no está‚ completamente habituado a la ilegalidad. Este dolor moral, fuerza a combatir la causa de donde nace, no tanto por acabar con él, como por mantener la salud, que se encontraría en peligro si lo sufriese pasivamente sin obrar contra él, y le recuerda, en una palabra, el deber que tiene de defender la existencia moral, como la emoción producida por el dolor corporal le recuerda el deber de defender su existencia física.

Esta energía de la naturaleza moral que protesta contra el atentado dirigido al derecho, es el testimonio más bello y el más elevado que del sentimiento legal puede darse. No hay, afección alguna que pueda operar tan súbitamente en el hombre una transformación tan radical, porque está  probado que tiene el poder de elevar a los que por naturaleza son dulces y apacibles, a un estado de pasión que les es completamente extraño, lo cual prueba que atañe a la parte más noble de su ser, y es de las fibras más sensibles de su corazón. Todo hombre que se indigna y experimenta profunda cólera viendo el derecho supeditado por la arbitrariedad, lo posee sin duda alguna. El sentimiento del derecho no es igualmente lesionado por todos los ataques, se debilita o crece según que los individuos y los pueblos vean en la lesión que se hace a su derecho, un atentado más o menos grave a la condición de su existencia moral. Por otra parte puede afirmarse que la energía y el amor con que un pueblo defiende sus leyes y sus derechos está en relación proporcional con los esfuerzos y trabajos que les haya costado el alcanzarlos. La circunstancia en virtud de la cual las personas y los pueblos no llegan al derecho sino a través de penosos esfuerzos, innumerables trabajos, luchas continuas y hasta vertiendo su propia sangre es lo que hace nacer el sentimiento de profunda vinculación al derecho. La fuerza del derecho descansa como la del amor en el sentimiento y en tanto que no ha sido lesionado, no se le conoce ordinariamente, y no se sabe de lo que es capaz, pero la injusticia le hace manifestarse poniendo la verdad en claro y sus fuerzas en todo su apogeo. Si la fuerza limitada del individuo fuera a estrellarse contra las instituciones porque dispensaran a la arbitrariedad una protección que negarán al derecho, no habría de tardar a surgir la figura del hombre que, llevando constantemente en su corazón el aguijón de la injusticia, contra la cual era impotente, llegaría  a perder poco a poco el sentimiento de la vida moral y toda creencia en el derecho y entonces la lucha por la Ley puede trocarse trágicamente en un combate contra ella.

 

 
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